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Cuando estamos ante una pieza histórica, como historiadores, no vemos solo el objeto. Siempre tratamos de ir más allá preguntándonos porqué se hizo, que uso tenía, y (lo que más nos conmueve) en qué manos estuvo.

Detrás de la cartografía antigua hay mucho que contar. Historias de dominación territorial, de batallas, de todas aquellas personas que dedicaron su vida a estudiar parte de nuestra geografía para facilitar… Y esto último, no sólo por el conocimiento de algunos territorios, sino para mejorar las relaciones comerciales entre continentes. Hay que tener en cuenta que hubo mucho siglos en lo que la navegación era la única vía de comunicación.

No solemos darnos cuenta, pero los nombres de muchos de los lugares que aparecen en los mapas guardan un vínculo con sus descubridores. Hoy os queremos contar algo más sobre uno de nuestros mapas antiguos.

La isla de Robinson Crusoe

Quizás no os suene mucho si os hablo de la bahía Serrana. Pero seguro que todos conocéis la isla de Robinson Crusoe, escrita por Daniel Defoe, escritor inglés, en 1661.

Mapa antiguo Isla de Robinson Crusoe (Isla de Juan Fernández)
Mapa antiguo Isla de Robinson Crusoe (Isla de Juan Fernández)

La isla de Juan Fernández, posteriormente conocida como isla de Robinson Crusoe. Se nombró así en honor al capitán español que la descubrió en 1574, en la búsqueda de nuevos territorios y mejores rutas de navegación. Al mismo se le atribuye el descubrimiento de Nueva Zelanda, e incluso (para algunos historiadores) el de Australia.

El origen de Bahía Serrana

En 1526 un fuerte temporal sorprendió a Pedro Serrano, capitán español que navegaba de la Habana a Cartagena de Indias. El barco se hundió, y falleció toda su tripulación, pero él consiguió llegar a un banco de arena del mar Caribe, hoy Bahía Serrana, en su honor.

Durante años tuvo que hacer frente, en soledad, a las inclemencias del clima y a las inhóspitas condiciones de la isla. Tuvo que ser duro, nos viene a la cabeza algunas de las escenas de Náufrago de Tom Hanks. Sin embargo, nunca perdió la esperanza de ser rescatado y esa idea le dio fuerzas para sobrevivir. Tres años después de su llegada, se le unió un nuevo náufrago, Alexander Selkirk. Con él, construyó una torre de piedras y coral con la que hacer señales de humo con el fin de ser avistados y rescatados.

Pese a lo remoto del plan, en 1534, la tripulación de un galeón que iba a la Habana desde Cartagena vio sus señales y los rescató. Lamentablemente Selkirk, falleció durante la travesía, nunca llegó a ver tierra firme. La suerte fue más generosa con Pedro Serrano, quién volvió a España, donde alcanzó gran fama (y cosechó muchas riquezas) contando su historia, no solo en nuestro país sino también en el extranjero. Antes de fallecer dejo escrita su historia y la de su compañero en algunos documentos que se conservan actualmente en el Archivo General de Indias, en Sevilla.

Algunos años después (1660) Daniel Defoe, visitó por negocios España, y ahí conoció la historia de nuestro capitán, que siglos después se seguía contando.

Estudios posteriores han demostrado que la obra de Defoe está basada en la historia vital del capitán Pedro Serrano

¿Sabías qué…?

El lugar donde vivieron Serrano y Selkirk se mantuvo inalterable hasta la llegada de algunos estadounidenses durante el conflicto de Cuba, ahí seguían algunos de sus utensilios, y la torre que les dio otra oportunidad, o almenos así fue para Pedro Serrano.

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